Cuando observamos la sociedad en la que vivimos, asociamos el propósito de vida con la palabra productividad, con remunerar un trabajo, o también cumplir metas a lo largo de la vida, nos señala nuestra Psicóloga Clínica y colaboradora de contenidos en Centro de Terapia del Comportamiento, Daniela Opazo. Sin embargo, al llegar a la adultez mayor, muchas personas refieren y descubren, que el verdadero sentido de la vida no se va con la jubilación laboral, ni tampoco con el pasar de los años, sino que adquiere diferentes formas, oportunidades de avanzar y de crecer en esta experiencia humana.
En nuestra sociedad chilena, la esperanza de vida ha ido en aumento, lo cual ha significado que el ser humano se enfrente a una etapa cada vez más prolongada después de un retiro laboral, lo cual, dicha transición, implica cambios significativos, cambios en rutinas, reestructuración de los diferentes roles, adaptación a nuevas condiciones de salud, cambios en la red social, junto con duelos de seres cercanos y queridos. Dichos procesos, son conocidos como transiciones vitales, los cuales representan la reorganización personal e individual de cada persona, que puede generar, incertidumbre, miedo, ansiedad, pero que también otorga la oportunidad de reconstruir el propio proyecto de vida.
El propósito de comprender la continuidad de la vida en dicha etapa, no es una única meta que se alcanza solo una vez, que permanece intacta e inamovible, sino todo lo contrario, puede presentar cambios, mirada desde la psicología como una construcción que está en constante cambio, la cual evoluciona y avanza con la historia personal, junto con experiencias, y circunstancias en la etapa vital. La adultez mayor, es una oportunidad de resignificar la propia vida y trayectoria de cada uno, valorar e integrar los aprendizajes adquiridos en ella, preguntándose, ¿qué le da sentido a mi vida hoy?
Si exploramos e investigamos, observamos que las personas que vivencian esta etapa, y quienes mantienen un propósito claro, destacan mayores niveles de bienestar psicológico, mejor adaptación a los cambios, aumenta la participación social y motivación, e incluso mejoran los indicadores de salud física, emocional y cognitiva. Con ello, el sentido de la vida, funcionaría como un factor protector en su vida, frente al sentimiento de soledad, como posible sintomatología depresiva, y aislamiento social, que en ocasiones se efectúa, favoreciendo así, una percepción de utilidad y sentido de pertenencia dentro de la sociedad y comunidad de la que son parte.
Frente a lo expuesto previamente, es importante comprender, que las palabras “proyecto de vida” en esta etapa, no necesariamente significan grandes desafíos, o cambios complejos, construyéndose en acciones cotidianas, fortaleciendo la identidad y la conexión emocional con los otros, como por ejemplo, aprender nuevas habilidades, integrarse a organizaciones comunitarias, realiza un huerto, relatar historias y cuentos a familiares menores, realizar voluntariado, actividades artísticas, o cultivar vínculos significativos.
Desde la cultura chilena, la mirada hacia la vida adulta, se ha comenzado a transformar sobre el envejecimiento, si bien existen estereotipos que se relacionan con la dependencia física y emocional, o bien con la pasividad, sabemos en este presente, los adultos mayores continúan en desarrollo, aprendiendo, aportando constante y activamente a sus familias y comunidades cercanas; identificando y reconocimiento dicha realidad, lo que implica promover espacios donde sea posible participar, decidir, sentirse y expresar el ser protagonistas de su propia historia de vida.
Con estos antecedentes, se percibe natural que las transiciones aparezcan, y se presenten emociones como tristeza, miedo, incertidumbre, ansiedad, nostalgia, el poder adaptarse a nuevas etapas es complejo, requiere aceptar cambios, elaborar pérdidas, y construir nuevas formas de relacionarse consigo mismo y su alrededor. Poder dar espacio y sentir dichas emociones u otras, solicitar apoyo y acompañamiento cuando sea pertinente, fortalecer y potenciar las redes afectivas alrededor, se vuelve fundamental para afrontar estos procesos de manera saludable.
Desde ahí, más que preguntarnos: “¿qué hemos perdido con el paso del tiempo?”, es pertinente reflexionar sobre aquello que podemos construir, ya que cada etapa de la vida ofrece oportunidades en donde es posible crecer, aprender, y observar nuevos desafíos que sean significativos, dicho propósito no tiene una fecha de caducidad, sino que se iría transformando con el vivir de cada uno.
Finalmente, la palabra “envejecer”, no significa dejar de proyectarse, sino reconocer que la vida continúa ofreciendo posibilidades para crear, compartir, cuidar, aprender y dejar huellas significativas en quienes nos rodean. El dicho “proyecto de vida” en la adultez mayor no se definiría por la cantidad de años que se han vivido, sino por la capacidad de que aún existen experiencias valiosas que se pueden vivir.
Daniela Opazo Aravena
Psicóloga Clínica
Terapia Online
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